viernes, 6 de enero de 2012

Una mutilación traumática: La ablación



La maldición de ser mujer sigue creciendo en casi todos los lugares del mundo, de España a Uganda, de China a EEUU,… En muchos rincones del mundo (por no decir todos) sigue vigente más que nunca una sociedad que nos reprime apoyada en una estructura patriarcal muy difícil de derrumbar. Podemos hablar de millones y millones de casos en los que las mujeres sufren algún tipo de daño físico y psicológico sin poder ni siquiera estar amparadas por ninguna ley. Pero ahora quiero hacer mención de un tema totalmente olvidado e ignorado de tal forma que da vergüenza el simple hecho de tener que hacerlo notar en un blog insignificante perdido en esta selva digital en vez de estar en las primeras listas urgentes de solución ¡ya! ocupando un puesto alto en la cúpula de los Derechos Humanos. Hablo de la ablación del clítoris.
Conocemos muy poco de esta práctica ilimitada que se ejerce en muchos países del mundo (Occidente, África,…) casi con total impunidad y al margen de muchos de nosotros. Hablamos de niñas de aproximadamente 4 a 10 años que son víctimas diarias de estas brutales prácticas y terminan guardando graves secuelas durante el resto de su vida casi imposibles de eliminar.

                                    Tradición
Se trata de una tradición pre-islámica (muchos musulmanes denuncian estas prácticas como algo ajeno al Islam) y no se practica necesariamente en todos los países musulmanes. Este procedimiento se conoce como el rito de la iniciación durante el cual se hacen danzas y celebraciones antes de esta irritante intervención quirúrgica que la ejecutan ancianas experimentadas pertenecientes a ese colectivo. Según la tradición, para que una mujer esté pura y limpia y pueda casarse debe pasar por la ablación porque si no será una deshonra para la familia, lo cual significaría su total rechazo y humillación por parte de la comunidad a esa “mujer impura”.
Esta tradición es sinónimo de una violencia despiadada contra ellas por el hecho de ser mujer. Tras la intervención, las niñas mutiladas padecerán problemas de salud irreversibles toda su vida; por ejemplo, hay veces en las que la infibulación (cosido y cerramiento casi total de los labios mayor y menor con diversos materiales como fibras vegetales, alambre, hilo de pescar...) es tan desmesurada que llega incluso a cerrarle del todo la vagina a la niña y ésta suele incluso morir al ser incapaz de expeler naturalmente la orina y en el caso de orinar el dolor es muy fuerte, los casos de muerte por la hemorragia son numerosos, la infección en la herida se puede coger fácilmente (tétano,…), también no son escasos los dolores durante la menstruación o la aparición de quistes en la zona donde se ha practicado la ablación. Las relaciones sexuales son muy dolorosas para la mujer, la penetración resulta muy difícil y por eso las niñas que se van a casar sufren un temor tremendo, por otra parte el parto es extremadamente doloroso y lento.      
Además estas intervenciones se hacen sin anestesia y no hay ninguna higiene en los utensilios empleados, por lo que el riesgo de contraer enfermedades como el Sida es enorme. Ese fragmento de carne, extremadamente rico en terminaciones nerviosas y vasos sanguíneos, es considerada “carne impura” y, por tanto, debe ser amputado. Para acentuar este sentido, las niñas, en algunos países como Somalia, tras ser mutiladas, son lavadas de forma ritual y su cráneo es afeitado.                                                                                                                                    
Los valores culturales de las sociedades que practican la mutilación genital femenina, transmiten a sus mujeres que cualquier mujer que no haya pasado por esta “purificación”, no es útil para el matrimonio, huirá pronto del hogar y se convertirá en una prostituta.
Cada año dos millones de niñas son mutiladas de la forma más inhumana posible y no se hace sólo por creencias religiosas, también por motivos económicos. Como vemos, la opresión de la mujer no solo se hace por creencias, sino que también es rentable a determinados intereses económicos que hacen de esa mujer un instrumento, una máquina que controlar.  
Muchas organizaciones y colectivos han promovido gran número de denuncias mundiales y se han puesto en marcha protocolos por la prevención de estos delitos y atentados contra los Derechos Humanos, además de muchas entidades que han viajado a esos países (mayoritariamente africanos) y se han sumergido sus tribus para ver de cerca y ayudar desde dentro a esas mujeres que padecen esta maldición. Pero a pesar de todo esto se ha conseguido abolir solo una mínima parte de estas prácticas gracias a mujeres pertenecientes a esas tribus que se han organizado y han luchado para cambiar esa realidad.
Esto nos demuestra que la opinión pública y los protocolos internacionales luchan desde un nivel político y diplomático y que son realmente las mujeres y hombres que pertenecen a esa sociedad los que tienen la potestad de cambiarlo desde dentro a un nivel cultural y social a través del rechazo incondicionado hacia esa práctica y de criar a sus nuevas generaciones en un ambiente de total igualdad y de criminalización contra estas intervenciones.

                                Testimonios

Aquí dejo algunos testimonios encontrados que no son más que una pequeña parte de todo el sufrimiento que este acto ritual va sembrando en muchos países del mundo.
“Sí  me hicieron la ablación de clítoris a los ocho años” Una mujer de Malí nos cuenta su calvario.
"Sí, me hicieron la ablación del clítoris cuando tenía ocho años, y cada día y noche grito de dolor y de miedo y tengo que mirarme esas cicatrices para poder seguir manteniendo en mi ese poder de lucha que me ha mantenido sin quitarme la vida. Porque yo estoy muerta desde aquel día que mataron mi dignidad y mis derechos como persona. Las cicatrices duelen cada minuto, cada segundo; no tienes un momento en que el dolor no te atenace. Los médicos dicen que ya no puede dolerme, pero yo lo siento igual que aquel día, más intenso aún cuando sé todo lo que aún tengo que seguir sufriendo.
Me lavaron y peinaron con trenzas, las que hacían cuando era una fiesta. Me regalaron una muñeca de paja y mis ojos se abrían risueños y no paraba de saltar y de hablar, de jugar y enseñar mi muñeca a todas las personas. Creí que los días siguientes serían todos así, que siempre tendría una muñeca, unas trenzas recién peinadas, pero pronto esos sueños quedaron rotos, como desde entonces quedó roto mi cuerpo y mi vida.
He repetido muchas veces como me hicieron la ablación del clítoris, pero quiero decírtelo a ti, escribírtelo para que, además, de todo lo que has leído, sepas que lo ha sufrido una persona a la que le puedes poner un rostro, pensamientos y sentimientos. A veces las palabras no son suficientes para expresar todo el dolor, para expresar como son las cicatrices de tu espíritu y de tu cuerpo. Las del cuerpo puedes verlas, te las mando, pero las del espíritu, esas aún nadie ha creado una palabra que pueda definir como me siento. Por ello quiero que cuando leas lo siguiente, te pongas en mi lugar, en esa edad y en la de ahora, en aquellos momentos y en los de ahora.
Me ataron a la cama, tenía ocho años y aunque habían explicado que iban a hacer, y las razones de todo ello, mi mente de niña no alcanzaba a comprender nada, sólo que lo realizaban para que fuera una persona respetada y querida en la comunidad. Cuando me ataron grité llamando a mi madre, pero mi madre era una de las personas que me estaba atando, y mi abuela también. Gritaba y gritaba, escuchaba rezos sin sentido, que no comprendía, y sentí lo que era el dolor, lo que era el dolor, nadie puede expresarlo, nadie puede describir que es, porque es imposible describir como es. Lo hicieron con una cuchilla, sin aplicar ningún tipo de anestesia, sólo agua y esa cuchilla. Me extirparon el clítoris, los labios menores, mayores y cosieron la vulva, dejando un diminuto orificio por el que expulso la orina y la menstruación. Después, aplicaron un poco de yodo y me vendaron. Lo hicieron en mi cama, donde después, cada noche, intentaba dormir y no podía, y cuando años después pude volver a dormir, despertaba con pesadillas atroces en las que volvía a revivir aquellos momentos, con el mismo dolor con los que lo viví en la realidad.
He parido dos niños, y han tenido que abrirme y cerrarme cada vez que tenía que parir uno de ellos. No tengo órganos sexuales; son sólo cicatrices que me recuerdan que he sido madre; he engendrado con dolor y sin goce; he parido con dolor, más allá del propio de cada parto, y no he podido mantener una relación sexual con la persona amada porque no podía soportar ver su rostro cada vez que me poseía, porque su sufrimiento unido al mío, hizo imposible que pudiéramos seguir caminando juntos".
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Tenía 10 años cuando mi abuela me dijo que me llevaba al río para realizar una ceremonia de iniciación. Insistió en que cuando terminara me darían muy bien de comer. Yo era muy pequeña y no tenía ni idea de lo que iba a pasarme. Cuando llegué a aquel lugar escondido entre unos matorrales, junto al río, fui desvestida. Me taparon los ojos y me quitaron la ropa completamente: fui obligada a tumbarme. Cuatro mujeres sujetaban mis extremidades, mientras otra se sentaba en mi pecho para evitar que me moviera. Me colocaron un trozo de tela en la boca, y entonces...me cortaron. El dolor era insoportable. Como me resistía e intentaba levantarme, perdí mucha sangre. Por supuesto, no me dieron ningún tipo de anestesia ni calmante para el dolor. La operación me produjo una hemorragia que me provocó una fuerte anemia. Durante mucho tiempo, cada vez que orinaba me dolía. A veces trataba de aguantar las ganas, por el miedo que me producía el dolor. Sufrí también infecciones vaginales. El corte me lo hicieron con una simple navaja.
Me dijeron que debía ser fuerte y no llorar si quería mantener el honor de mi familia. Después me vendaron los ojos y me inmovilizaron. Con dos gruesas cuerdas ataron mis rodillas, me abrieron las piernas e hicieron lo que quisieron: cortaron, cosieron,... El dolor era tan insoportable que no puede evitar emitir alaridos ensordecedores.
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“Recuerdo que un hombre llegó a casa. El hombre tenía unas inmensas tijeras en la mano. Mi abuela y otras mujeres me sujetaban. Aquel hombre puso su mano sobre mi sexo y empezó a pellizcarlo, como mi abuela cuando ordeñaba las cabras. Entonces las tijeras descendieron entre mis piernas y el hombre cortó mis labios interiores y el clítoris. Lo oí perfectamente. Clack. Como cuando se corta en una carnicería un pedazo de carne. El dolor que se experimenta no tiene palabras, me subía por las piernas, no dejaba de aullar, me invadió entera, un dolor imposible de explicar. Pero después de que te han mutilado, después de que notas cómo la sangre te corre por las piernas, me cosieron. Aquel señor tenía una enorme aguja sin punta y con ella remató su faena. La aguja pasaba entre mis labios externos”...
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"Cortó varias veces esa mínima parte de mi cuerpo. Nunca he vuelto a sentir un dolor tan violento" "Me amputaron el clítoris y los labios menores. Luego, me cosieron los mayores, dejando un orificio mínimo para poder expulsar la orina, y me ataron, desde la cintura hasta los pies, para que cicatrizara" "La operación la realizan desde médicos hasta barberos, según los recursos económicos de la familia, y en el proceso se emplean instrumentos rudimentarios que se reutilizan una y otra vez, por lo que muchas acaban contrayendo el sida" "La tradición dicta que las que logran sobrevivir son las más fuertes, y por lo tanto, las únicas dignas de formar su propia familia. ¿La muerte? Simplemente, se acepta."
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 Aminata sufrió la ablación en territorio europeo. Cerca de Girona. En su caso, fue un auténtico trauma. Se lo hicieron a los nueve años. Fue consciente de lo que le estaba pasando. Recuerda que aquella mañana se subió a un coche y sus padres le dijeron que iban a una fiesta. A ella le extrañó que, si había fiesta, no le acompañaran sus hermanos, pero subió al coche sin darle más vueltas al asunto. Llegó a una casa. Había una mujer esperando. Le pidió que se desnudara. Ella se resistió. Le taparon la cara. Recuerda que vio un cuchillo. Cuando acabó la tortura, su padre se la llevó en brazos al coche. Estuvo a punto de morir.
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"Depende de la partera, pero una extirpación de clítoris viene a durar de 10 a 15 minutos. Todo es muy intenso. Sólo recuerdo a mi abuela sentada sobre mi pecho separándome las piernas. Me quedé sin voz. Perdí el conocimiento. No es el momento en sí, más bien el sufrimiento que te queda de por vida. Siempre he pensado que las piernas están ahí para protegernos de nuestro dolor, más que para caminar"- es parte del testimonio de Fatu Sané, víctima de la ablación.


Vemos en esta costumbre una intención salvaje y ancestral, e indudablemente estamos en lo cierto, es verdad que son las mujeres las primeras que ofrecen a sus hijas a este sufrimiento incondicionado, es cierto que tradiciones como esta ocurren en comunidades donde cada día tienen que luchar para autoabastecerse en una tierra que cada vez les pertenece menos, y por consiguiente es innegable que las familias tengan que entregar a sus hijas desde pequeñas en matrimonio a cambio de dinero o bienes y para que sus hijas puedan casarse necesitan estar purificadas; este círculo vicioso nos hace ver que la tradición es muy fuerte, pero aún lo es más la cuestión económica. La cultura y el aspecto económico hay que tenerlo muy en cuenta a la hora de analizar esta realidad, una realidad a la que muchas niñas están encadenadas y les es muy difícil escapar sin acabar siendo expulsadas del poblado y rechazadas incluso por sus propias familias.                                                                                                                                                                           
En casi todas las culturas y tradiciones de todo el mundo las mujeres somos objetos de opresión y la desigualdad y el sexismo es tan extremo hasta el punto de caer de cabeza con los ojos vendados en el fondo sin pozo de una sociedad patriarcal y machista que nos pone fuertes barreras muy difíciles de derribar. A veces el machismo y la fuerte opresión hacia la mujer puede ser tan destapado a los ojos del mundo como este caso en concreto y otras muchas veces está totalmente encubierto incluso en nuestra más íntima vida cotidiana, sobre la cual caminamos sin percatarnos de las fuertes consecuencias que esto trae a las mujeres de la actualidad y a las que están por llegar.                                   
Esta tarea de acabar con rituales como la ablación, los cuales, lejos de todo optimismo, se seguirán ejerciendo durante muchos años, es muy difícil, igual que en todos los lados donde luchamos cada día por nuestros derechos, pero hay que hacerlo y renunciar a que nos traten como animales, porque no dejaremos que aplasten nuestra dignidad, que como mujeres y hombres poseemos desde el día en que fuimos personas.

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